A precarizar mi amor
No podemos dejar de escribir sobre el tema que ocupa la agenda política por estos días que es nada mas y nada menos que la reforma laboral. Tampoco podemos dejar de mencionar que, sin lugar a dudas, la semana pasada el Presidente Javier Milei obtuvo un triunfo político nada despreciable en la Cámara Alta. Lo hizo gracias al acompañamiento de sectores de la UCR y el PRO, y también a la incapacidad del PJ para articular una resistencia frente a la avanzada de la ola violeta. A esto también se suma el rol de la propia CGT, que negoció por lo bajo poder resguardar el financiamiento de sus organizaciones en lugar de encabezar una lucha que estuviera a la altura del contexto político: organizar a todo el movimiento obrero y convocar a una paro nacional capaz de frenar el avance sobre los derechos laborales
La reforma finalmente obtuvo 42 votos a favor, consolidando así un claro y contundente triunfo al oficialismo.
No es objetivo de este posteo enumerar una por una las reformas que la Cámara Alta aprobó en detrimento de los trabajadores. Por el contrario, lo que intento es detenernos a pensar y comprender cómo estamos parados frente a esta nueva coyuntura, y ante la emergencia de un nuevo sujeto social en una sociedad que cambió profundamente después de la pandemia.
La pandemia dejó al desnudo un problema estructural que el país venía arrastrando desde hace años y que los gobiernos anteriores no pudieron, o supieron, corregir.
La precarización laboral crecía sostenidamente: trabajadores en negro, monotributistas, formas de contratación flexibles que muchas veces incluían al propio Estado como empleador. El COVID no creó esa desigualdad, el COVID la expuso, le sacó el antifaz y amplió la brecha entre quienes contaban con cierta protección laboral (estabilidad, derechos, cobertura, obra social, ART etc.)y aquellos que quedaron a la intemperie obligados a seguir trabajando en condiciones paupérrimas, mal remuneradas y sin garantía.
Esta fractura social no sólo fue económica también fue política y ahora es parte del escenario que explica el por qué del fenómeno Milei. No es casual que la ola violeta justamente hable de "castas privilegiadas" haciendo mención a los dirigentes sindicales. Este discurso encontró aceptación sobre todo entre los trabajadores jóvenes que crecieron al margen de la representación obrera tradicional y que hoy expresan su rechazo. Resulta llamativo que sea justamente esos sectores "precarizados" los que más apoyen la reforma laboral. El llamado "voto Rappi" que acompañó a Milei es uno de los que más respalda estas transformaciones bajo una expectativa de dejar de estar en la "marginalidad laboral" y pasar a formar parte de esa supuesta "casta privilegiada". El deseo de estabilidad y de pertenencia en una sociedad que durante años la dejó afuera.
También podemos decir que la pandemia dejó al descubierto un resentimiento social que venía gestándose en silencio. En algunos sectores de la sociedad ya no aparece la lucha colectiva o el deseo de estar mejor, sino la resignación de conformarse con que otros estén peor. El apoyo de una parte de los trabajadores a esta reforma laboral es una muestra clara del clima de época que estamos viviendo.
LA GCT
En la Argentina siguen pasando cosas curiosas. La CGT, que debería ser la voz organizada de los trabajadores, hoy no logra representar a una gran parte de ellos. Muy lejos quedó aquella central obrera que, curiosamente, fue la más combativa bajo un gobierno peronista, cuando la participación de los trabajadores en el PBI rozaba el 50% y los salarios medidos en dólares eran los más altos de la región
Pasamos de una CGT que convocaba paros desde algún estudio de TV por el impuesto a las ganancias a una CGT complaciente, pacífica y sin capacidad de reacción frente a la pérdida de derechos, de puestos de trabajo y de poder adquisitivo. La misma CGT que realizo 5 paros nacionales a un gobierno peronista por ganancias , hoy guarda silencio "analiza" si están dadas o no las condiciones para convocar a un paro en un contexto de país diferente y donde muchos de sus representados necesitan de dos trabajos y aún así no llegan a poder pagar un servicio básico como es la luz.
Y si hacemos memoria, nada de esto es casual. En el año 2017 fueron las bases las que sacaron corriendo a la conducción de la CGT, las que les tiraron el atril y les exigieron a los gritos e insultos que pusieran fecha a un paro nacional contra las políticas de ajuste y despidos del gobierno de Mauricio Macri. No fue, justamente la dirigencia la que encabezó esa reacción, fueron los trabajadores quienes bajo presión e indignación, obligaron a esa CGT (la misma de ayer y de hoy) a fijar fecha.
Hoy, me pregunto, si ese sujeto social del 2017 sigue estando, si cambió o fue desarticulado, desmovilizado y despolitizado. Creo, que a la luz de los hechos, el trabajador dejó de ver al sindicato como una herramienta de defensa. Y, quizás ahí radique uno de los mayores éxitos de los gobiernos de derecha: instalar la idea de que la "casta sindical" es el problema, convencer a muchos trabajadores de que están solos y que todo depende exclusivamente del esfuerzo individual. "Si no llegas, es culpa tuya" "No te habrás esforzado lo suficiente." La meritocracia de la que tanto hablaba por aquel entonces el ex Presidente Macri y hoy continua Milei.
Pasaron los años, pasaron los gobiernos, y la conducción de la CGT se borró sola. Es cierto que ya no tienen el poder de fuego que tenían en otras épocas pero podría hacer bastante más de lo que está haciendo ahora. La pregunta que me hago es si realmente quieren hacer algo o si se encuentran cómodos en esta posición. Porque desde la primera hora se sentaron a negociar con el gobierno "retoques" a la ley de reforma laboral para hacerla un poco menos horrible (no necesitaron demasiado esfuerzo) y luego venderla como "hicimos lo que se pudo". Y esto no lo digo yo, lo dijeron sus propios dirigentes . Fueron ellos quienes declararon públicamente que estaban negociando. Se los vio entrar y salir de la Casa Rosada, como al mismísimo Daer, mientras afuera en los trabajadores reinaba la incertidumbre y el descontento.
Es evidente que la reforma laboral forma parte de un acuerdo político amplio entre Milei, los gobernadores y la propia CGT. De ahí los resultado que se tuvo en la Cámara Alta y todo indica que en Diputados avanzará sin mayores obstáculos. Por algo los dirigentes sindicales no bajaron a las bases y tampoco se preocuparon ni ocuparon en explicarles a los trabajadores de qué se trataba esta reforma. Tampoco lo hicieron los delegados, los cuales, muchos de ellos desconocían el contenido de la ley y su alcance.
Lo preocupante no es solo la reforma en sí, sino la naturalización de la entrega de los propios trabajadores. Y si algo le faltaba a esa tibieza y entrega de la CGT, es la convocatoria a un paro nacional para el jueves 21 SIN MOVILIZACION. Un paro nacional sin su principal herramienta de presión: los trabajadores en la calle. Me atrevo a decir que convocaron a un paro nacional casi sin ganas, convicción, épica. Protestamos sin incomodar al poder . O tal vez no quieren que marches porque están cuidando al trabajador de la calle y sus riesgos de que te lastimes o fractures defendiendo tus derechos y encima pierdas la mitad del sueldo.
No sea cosa que, después de hacer pagar el costo a los trabajadores, al día siguiente aparezcan como si nada hubiera pasado o emitan un comunicado tibio con alguna carita enojada o alguna otra paparruchada de esas que nos tienen acostumbrados.



.jpg)

.jpg)
Comentarios
Publicar un comentario